Natxo García.

Consultor Desarrollo de Personas, Talento y Organización.

Mayo de 2020. Cualquier escenario previsto hace poco más de dos meses, resulta totalmente inverosímil en la actualidad. Es curioso que, después de haber vivido y superado crisis económicas y financieras, ninguno esperábamos que una crisis sanitaria fuera a hundir nuestro sistema como lo ha hecho el maldito COVID-19.

Nadie lo podía prever, al menos en esta magnitud, y ningún plan de contingencia contra pandemias, si existían en algún caso, hubiera podido reducir el enorme impacto que está teniendo y va a tener este virus en nuestros negocios en los tiempos que vienen.

Y en esta realidad llevamos dos meses viviendo las organizaciones, tratando de adaptarnos y de responder a los enormes retos que se nos plantean casi a diario, y donde prácticamente nada de lo hecho hasta ahora nos asegura un resultado.

A nivel tanto social como empresarial hemos evolucionado desde los primeros días de Marzo, y las organizaciones nos encontramos en plena fase de retorno, de vuelta a eso que llamamos “nueva normalidad”. Tenemos nuestra vista puesta en esta reincorporación, en cómo va a ser, qué nuevas medidas de seguridad y protocolos hay que implementar o modificar, qué diferentes colectivos tenemos en nuestra plantilla, qué posibilidades nos permiten y qué obligaciones nos exigen unas leyes que van cambiando constantemente, etcétera.

Y todo esto como añadido a nuestra preocupación principal, que es la viabilidad de nuestro negocio, cómo vamos a garantizar la liquidez en el corto y medio plazo, cómo vamos a reactivar nuestra capacidad productiva, cómo vamos a generar valor en unos clientes y en un mercado que está paralizado, cauteloso a nuevos rebrotes y con mucha incertidumbre, cuando no ha desaparecido o va a desaparecer en los próximos meses.

Esta es nuestra realidad, nuestra “nueva normalidad”, y con ella debemos gestionar nuestro presente y nuestro futuro. Y todo con la duda adicional de que esto es un ciclo continuo de cambio, donde las medidas y las previsiones se modifican en función de cómo evoluciona el “bicho”.

En este escenario cabe preguntarse qué es lo que podemos hacer. No existen fórmulas ni recetas mágicas para una situación nunca antes vivida, pero sí aprendizajes del pasado y reflexiones que nos pueden ayudar.

¿Qué es lo común a (casi) todas las empresas en este análisis del presente y el futuro? La enorme incertidumbre que impera y que impide diagnósticos y escenarios fiables en el tiempo. Por ello, como empresas que gestionamos equipos de personas, tendremos que dedicar el mayor número de recursos (económicos, materiales, productivos, tecnológicos pero por supuesto también humanos) a tratar de reducir o minimizar esta incertidumbre.

Pero ¿es eso posible?. No tenemos una repuesta segura. Pero sí que hemos aprendido algo de situaciones anteriores no previstas, y es que las soluciones, las ideas, las propuestas o los cambios pueden surgir de diferentes fuentes y perspectivas, y no debemos dejar escapar ninguna de ellas.

Sin querer abusar de la analogía bélica, debemos situar a la mayor parte de nuestras personas “en primera línea del frente”, y esto pasa por orientar a nuestras personas a pensar en negocio.

¿Qué es pensar en negocio?. Es lo que estamos haciendo a nivel de Dirección y de Mandos desde que comenzó esta crisis. Es analizar la situación actual con la información que tenemos y buscar ideas y alternativas con las que reactivar nuestra cuenta de explotación ahora y en los meses que vienen. Es pensar en cómo podremos vender más (o al menos recuperar los niveles de antes) y en cómo gastar menos y volver a ser competitivos.

Y para ello pueden existir muchas alternativas, como ajustar nuestros procesos, nuestros productos, nuestros servicios, nuestros mercados y, por qué no, entrar en nuevos procesos, productos, servicios, mercados, etc. Es decir, la respuesta no es única sino que existen muchas posibilidades y, lo más importante de esta reflexión, que esta respuesta puede encontrarse a distintos niveles de nuestra empresa.

Por supuesto que estará a nivel directivo y de gestión pero ¿podemos asegurar que una aportación en, por ejemplo, un proceso productivo de base, no nos pueda ayudar en este objetivo de mejora del negocio?

Ahí reside el mensaje: como gestores de personas debemos orientar a nuestros/as profesionales a pensar en cómo pueden aportar, desde su ámbito del trabajo, para ayudar a mejorar el negocio. Se trata de impulsar el pensamiento crítico, la autorresponsabilidad sobre mi ámbito de actuación, de fomentar tanto a nivel macro de empresa pero también micro (una tarea, un proceso, un puesto, etc.…) qué es lo que puedo hacer yo como trabajador/a, qué está en mi mano hacer de diferente, para poder ayudar a la empresa a salir de esta situación.

Esta idea se basa en el concepto de la Teoría del Locus de Control de J.B. Rotter (o cómo situar el control de la situación en lo que yo puedo hacer) y también en la más reciente aportación del gurú del management Stephen Covey (sobre centrarme en incrementar mi círculo de influencia) o en las teorías japonesas de Mejora Continua y la metodología Kaizen. Es decir, no estamos inventando nada nuevo, pero sí adaptándolo a los nuevos tiempos.

Las Direcciones de las empresas tienen el papel principal y fundamental de analizar el entorno de negocio, esas variables macro, el diagnóstico del mercado y los clientes actuales…pero la actuación como empresa no se debería quedar ahí. Esto debe ser el punto de partida y, a partir de este análisis, es fundamental empoderar a nuestros trabajadores, haciéndoles partícipes y de la responsabilidad de la recuperación dentro de su ámbito de influencia.

No sabemos si será posible salir adelante haciendo exactamente las cosas como las hacíamos antes pero, si fuera así, ¡qué gran noticia, en eso ya somos expertos!. Sin embargo, todo parece apuntar a que no va a ser estrictamente de esta manera, nadie tiene la respuesta de cómo será pero una cosa es clara: no nos podemos permitir el lujo de despreciar ninguna potencial idea, ya sea a nivel de empresa, como de área, de producto, de servicio, de proceso, de organización, de tarea, etc.

Y esas ideas, en los diferentes niveles de la empresa, no se nos van a ocurrir sólo a las Direcciones, sino a los expertos en cada escenario, a los trabajadores de cada puesto. Ellos y ellas son los expertos en su ámbito de trabajo y de ellos y ellas surgirán potenciales ideas concretas y específicas que podrán, quien sabe, contribuir a mejorar el negocio.

En esta “nueva normalidad”, en esta “vuelta al trabajo” debemos transmitir el mensaje a nuestras personas de que no se sienten a esperar que les demos la solución mágica, sino que cada una de ellas puede ser parte de esa solución y que está en su mano y en su ámbito de influencia el buscar y proponer alternativas, dentro de su ámbito de trabajo, para contribuir a recuperar el negocio.

Por supuesto con esto no podemos asegurar la viabilidad o supervivencia de nuestra empresa, dado que la incertidumbre es total y nadie sabe a que atenerse. Pero desde luego que “Orientar a las personas hacia el negocio” supone maximizar las posibilidades de adaptarnos al nuevo entorno, dado que el colectivo siempre ha sido más productivo, creativo y certero que la suma de las partes de manera individual o que la visión de unos pocos.

Por no hablar en términos de cultura de empresa, de valores que transmitimos, de motivación intrínseca, de compromiso individual, de sentirse parte del proyecto y de “vestir la camiseta” de la empresa. Y lo mejor de todo es que estaremos contribuyendo a todas estas cosas de una manera indirecta y con hechos, no con palabras. Y así se construyen las culturas empresariales sólidas, actuando con coherencia y dando credibilidad a los mensajes.

En definitiva, “orientar a las personas hacia el negocio” debe ser guiar y dirigir a nuestras personas para que, en estos momentos tan complicados, asuman su parte de responsabilidad y aporten desde sus posibilidades. A que cumplan su parte.

La Fábula del Colibrí lo resume muy bien:

Aquel día hubo un gran incendio en la selva.

Todos los animales huían despavoridos. En mitad de la confusión, un pequeño colibrí empezó a volar en dirección contraria a todos los demás. Los leones, las jirafas, los elefantes… todos miraban al colibrí asombrados, pensando qué demonios hacía yendo hacia el fuego.

Hasta que uno de los animales, por fin, le preguntó:

– “¿Dónde vas? ¿Estás loco? Tenemos que huir del fuego”.

El colibrí le contestó:

– “En medio de la selva hay un lago, recojo un poco de agua con mi pico y ayudo a apagar el incendio”.

Asombrado, el otro animal sólo pudo decirle

– “Estás loco, no va a servir para nada. Tú solo no podrás apagarlo”..

Y el colibrí, seguro de sí mismo, respondió:

– “Es posible, pero yo cumplo con mi parte.